Como muchos días antes y como muchas generaciones antes que él, puede que miles de generaciones, Juan se despierta al despuntar el alba, parece imposible que se levante con ese ánimo y alegría a sus ochenta y tantos años, pero así lo hace, en este punto tengo que añadir que me da envidia Juan, pues la mayoría de nosotros necesitamos despertador, no somos personas hasta después de un café y nos andamos quejando de lo duro que es el trabajo, en fin problemas del primer mundo.

Pensar en todo lo que han tenido que pasar personas como Juan, cuanto trabajo duro, eso si que era trabajo, del alba al ocaso en el campo desde que tienes fuerza para soportar un cubo en las manos hasta el día que no puedes más, trabajando, sin cesar, sin descanso y claro está… sin quejas.

Juan, el pintao, me contó que la primera vez que tocó el esparto para crear fue antes de los 10años, vio a su padre trabajarlo y le dijo que el quería unas esparteñas (calzado hecho con esparto), su padre le contestó: “si quieres unas, hazlas”, así de fácil y así de contundente, si querías algo no esperabas a que te lo dieran, lo hacías. Juan tuvo que aprender mucho y todo lo aprendió observando a su padre mientras trabajaba el esparto.

Aprendió a cogerlo en el campo, aprendió a secarlo al sol, aprendió a “cocerlo”, aprendió a tejerlo, en definitiva aprendió un arte milenario pues se remonta a la prehistoria, pero son escasos, por no decir nulos, los restos que nos han llegado hoy en día.

Gracias a personas como Juan esta artesanía sigue viva, sigue latiendo, pero ¿Por cuánto tiempo?, cuanto ha de tardar el olvido en borrarlo.

Somos conscientes de que el día que Juan falte se habrá ido con él una parte de nuestra propia identidad, de nuestra historia, de nosotros mismos.

FOTOS: Iria Anahí, unaventanaabierta.com